Hoy hace diez años, en torno a las 13 horas del 11 de noviembre de 2004, inauguré este blog que predije “de incierto futuro”. Lo abrí en Blogger, pero un año después lo trasladé (artículo a artículo, comentario a comentario) a este subdominio propio.
Este anglicismo en crudo es el nombre de la revista en línea española Jot Down, Contemporary Culture Magazine, que tiene también su versión en papel (a precio de coleccionista o, por decirlo también crudamente, casi de mecenas). Es buena, incluso a veces muy buena; de hecho aspira, en sus palabras, a ser el equivalente al New Yorker en español. Parece obra de periodistas en precario, por esto de la crisis devastadora del oficio, que han decidido hacer lo que les gusta e intentar ganarse la vida con ello. Publican en Jot Down firmas de lujo como Arcadi Espada, Enric González, Manuel Jabois y muchos otros que desconocía.
En el ámbito de la biología se aplica un nombre específico, “naturalista”, a los aficionados a la disciplina que no tienen estudios universitarios de esa materia. El término no tiene para nada la connotación peyorativa que acompaña a menudo al término “aficionado”, que es el único disponible en otras disciplinas. Pues bien, aunque a menudo criticada por sus errores, Wikipedia es en gran medida obra y mérito de grandes aficionados, a los que en algunos casos cabe tildar de héroes prácticamente anónimos, porque su firma queda oculta entre bambalinas, tras el enlace “Ver historial”, y su contribución sólo es conocida por los afines.
Escribí este librito hace veinte años. Fue el fruto de un desamor. De hecho éste del desamor es el único subgénero poético que cultivo, ya que uso la poesía con finalidad terapéutica, como un remedio que me ayuda a transitar las noches de dolor. Entre eso y el paso del tiempo, al final siempre me curo.
Escribí estos poemas por desamor de mi nunca del todo olvidada P., pero decidí reunirlos y titularlos en honor del poeta Ángel González, si no el mejor del siglo XX, el más cercano a mi sensibilidad de aquellos años.
Gracias a la vida, que me ha dado tanto:
me dio dos luceros que, cuando los abro,
perfecto distingo lo negro del blanco,
y en el alto cielo su fondo estrellado
y en las multitudes el hombre que yo amo.
Hozan y gozan los cerdos cuando escarban la tierra con el morro. Así me halla el verano, con la nariz metida de nuevo entre las páginas de un libro. Leer un libro todo seguido, un texto largo, no picotear en internet o los periódicos, es cada vez más sinónimo del verano, porque requiere de recogimiento, y porque impone a su vez un ritmo lento al paso de las horas que se me hace insoportable en otras estaciones.
En dos líneas escasas hay seis verbos, a razón de cinco participios por una sola forma personal. En un examen destinado a estudiantes de segundo año de un idioma (nivel A1 o A2), este grado de complejidad gramatical —y semántica— me parece un despropósito. Ya sé que se trata de un texto que forma parte de una antología cerrada.
Nos ha cautivado a mi hijo y a mí, así que toca traducirla del inglés. Será la primavera (o el cha cha chá, ya puestos).
Kiss
You don’t have to be beautiful
To turn me on
I just need your body baby
From dusk till dawn
You don’t need experience
To turn me out
You just leave it all up to me
I’ll show you what it’s all about
Onírico, del griego antiguo ὄνειρος, “sueño”. Es el estilo, el tema o la atmósfera de las fotografías de Himitsuhana, pseudónimo o falso nombre de Chiara Fersini. Aquí unos sueños: nereidas, un arcángel, un baño de Diana (los títulos y la obsesión helénica son míos). ¡Qué barbaridad!