He descubierto a Ignacio Peyró

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Se pasmará Ignacio Peyró si me lee, como se pasmaría el taíno al que descubrieron los españoles allá en el quattrocento cuando —es un suponer— él solo había bajado a hacer un pis en la playa. Lo he descubierto con Ya sentarás cabeza. Cuando fuimos periodistas (2006-2011), tan pulcramente editado en Libros del Asteroide, y ha sido un no parar de asombrarme.

Portada de Ya sentarás cabeza, de Ignacio Peyró

No es tanto lo que cuenta, porque narra vivencias que todos hemos tenido, o muy parecidas, sino cómo las cuenta: dice fácil —eso parece al menos, siendo un milagro— lo que habría dicho uno si supiera contarlo, de forma que leyéndolo esa misma nostalgia en la que hurga, o miedo o ilusión… los sentimos recientes de nuevo. Reproduzco a modo de recordatorio y ejemplo este pasaje, breve y redondo (pp. 130-131):

Llega un momento en que el amor culmina su ciclo razonable, lógico y natural y por lo tanto se acaba. Este trance, este acabamiento, puede ser un tango pero es más habitual que sea un alivio. Curiosamente, el amor es de las pocas empresas donde el fracaso tiene mil explicaciones y el éxito tiene —por contra— algo abiertamente milagroso. En fin, el diablo agita la cola y el misterio pierde misterio, su calle es una calle cualquiera, hacemos espacio para mensajes en el móvil y profanamos los restaurantes donde una vez nos sonreímos ante un rodaballo. Las fotos alegres se guardan en el cajón de la vergüenza y poco a poco nada nos recuerda a ella, hasta que se vuelven indoloros aquella cafetería, aquel portal. Las frambuesas se han vuelto cenizas y la vieja pasión es como una canción que ya nos cansa: adiós, adiós; yo a Manhattan y tú a Marina d’Or. Ante todo, pas de sentiment. El amor termina y al día siguiente hay que irse a trabajar porque el trabajo, en cambio, no termina. La sensación es despojarse de una felicidad que no era nuestra. Contra las fatigas del corazón siempre corre el olvido favorable, y repasar a los estoicos da más placer, nos decimos, que ese cine un poco triste de la tarde del domingo cuando ya no nos queremos tanto.

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Comentarios

  1. JoseAngel

    Muchos lo han dicho y escrito de una y otra manera, así que será experiencia común. Aquí la versión de Proust. Pero me queda la sospecha de que si Proust o Peyró o Pepe se molestan en escribirlo es porque algo queda de lo que fue, aunque sea sólo en el baúl de los recuerdos. O quizá sea en la eternidad, quién sabe.

  2. pompilos (Autor)

    Sobre la nostalgia del amor perdido, pero en clave mucho más dramática, he descubierto hace muy poco este poema de Félix Grande, buenísimo para mi gusto: «Donde fuiste feliz alguna vez», de su libro Música amenazada.

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