Nos pasamos años los de mi generación delante de la tele, cuando sólo había una, y nos tragábamos lo que echaban. Gracias a eso, y a que ningún pedagogo avisó a nuestros padres de su pernicioso efecto, nos expusimos hora tras hora, tarde tras tarde, una noche sí, la otra también, a centenares, un millar de películas cuyas secuencias ocupan polvorientos desvanes de nuestra memoria. Oímos horas y horas de jazz del bueno, vimos bailar a Fred Astaire y otros asombros.
Hoy, ante un CD de Lullabies for JazzKids of All Ages, he echado en falta la nana que a dos voces cantaba Danny Kaye con… ¿quién era y en qué película? Como vivimos tiempos asombrosos, me ha costado poco preguntarle a Google, y a la IMDB hasta dar con ella: “Lullaby in Ragtime”, de la película The Five Pennies (1959). Incluso estaba en YouTube esperándome la escena exacta de la nana, y un par de versiones más, una con Louis Armstrong:
De la letra me encanta especialmente, como no puede ser de otro modo, la metáfora marinera:
So you can hear the rhythm
of the ripples on the side of the boat,
as you sail away to Dreamland.
Una metáfora marinera similar, pero más desarrollada, en Lullaby to Erle de Silje Nergaard. La grabación, como más moderna, es mucho mejor y su voz un lujo.
Este artículo de Antonio Delgado se merece un enlace: No es por bajar pelis gratis. Aunque habría que matizar: “No es sólo por…”, pero también. De todos los argumentos que se manejan pro y contra la propiedad intelectual hay uno que me subleva y que es cierto como el sol del mediodía: los artículos (libros, música, etc.) que las industrias no consideran rentables quedan descatalogados, es decir, secuestrados durante décadas al conocimiento y disfrute de millones de potenciales usuarios, hasta que llega el día en que nadie sabe siquiera de sus existencia. Ahí sí que hace santamente la piratería dando agua al que tiene sed.
Gracias a que los niños lo sacan a uno de casa. En Dinópolis, un parque temático de la paleontología, me di de bruces con un shadouf y me eché unas risas. Para quien no lo conozca, un shadouf es el ingenio de la imagen, que se usaba desde tiempos inmemoriales en Egipto para sacar agua del Nilo; en castellano tendrá un nombre, pero no lo conozco.
Menté el ingenio en un artículo que titulé precisamente “Del shadouf a las columnas dórica y jónica”. Ahora pienso que podía haber obviado el antecedente del shadouf, tan exótico, y haberme limitado a mencionar, sin más, los ejemplos que la iconografía atestigua de piedras arrojadizas usadas en batallas navales.
Es más, hay un pasaje tentador de Homero, que no mencioné, en el que éste habla del ágora de los feacios, un ágora portuaria, en que se guardan los barcos y sus aparejos. Dice así:
Tienen allí, en torno a un templo de Posidón, un ágora
construida con piedras arrojadizas clavadas en el suelo. Od. 6.266-7
Aunque traducen algunos como “piedras de acarreo”, ῥυτοῖσιν es un hápax homérico derivado de ῥύομαι “arrojar”; sólo cabe interpretarlas, pues, como arrojadizas. Y cada loco con su tema.
Dijiste una vez que nos habitan varios yos, y que nos acercamos a quienes hacen brotar en nosotros nuestro yo más amable. Poblado como estoy de citas y poetas (una vida vivida cobardemente da para conocer algunos libros), no puedo evitar recordar este poema de Ángel González, el grande, que te doy como te di mis ojos, ávido y generoso.
Muerte en el olvido
Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
—oscuro, torpe, malo— el que la habita…
Chau, beba, que diría un tanguero. No sabes la envidia que me das.
El erudito es, por definición, un cobarde que para todo encuentra una cita, y se parapeta tras ella y habla enmudeciendo. Toca citar hoy, pues, a Jon Juaristi y su “Tonton macoute” de evocaciones tan negras como sus anteojos.
Tonton macoute
Afirmas que he matado lo mejor que en mí había
y que por eso sueño con crímenes, y aciertas.
En mi interior acecha un asesino, tonton macoute de negros anteojos,
avezado a disparar contra las emociones
demasiado abultadas.
[…]
de Suma de varia intención, 1987.
En eso andan mi arcángel y su demonio, de los pelos por ver quién se lleva este gato al agua, y no dejo de disparar y casi nunca acierto. Me gustan la épica y la criptografía.