Mancur Olson, economista

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Pretender decir algo relevante sobre el origen del templo griego me ha dado un par de alegrías, una de ellas ésta.

Titulé un capítulo de mi trabajo “El origen mafioso del Estado” (así, con un par) y tiempo después descubrí que este Mediterráneo ya lo había descubierto un economista norteamericano, de nombre Mancur Olson, recientemente fallecido. Creo que los investigadores gustan de ser los primeros en hollar una teoría; en el caso de los aficionados (a mí me pasó) ocurre lo contrario: descubrir que uno es el segundo, tras una autoridad con mando en plaza, anima mucho.

En su libro Poder y prosperidad. La superación de las dictaduras comunistas y capitalistas (Madrid: Siglo XXI de España Editores, 2001. ISBN: 8432310611) Mancur Olson teoriza el origen del estado distinguiendo las figuras del bandido nómada y del bandido sedentario. El primero es un simple depredador, el segundo un depredador con interés a largo plazo, que además de robar piensa en cómo seguir robando mañana, y en cómo robar más con el paso del tiempo. Más que un depredador, y estas son palabras mías, el bandido sedentario es un ganadero de sus semejantes: como el ganadero cuida a su ganado, así el bandido sedentario proporciona servicios a sus víctimas. Del capítulo 1, titulado “La lógica del poder”, selecciono un extracto sobre el monoplio de la violencia:

“Si en el territorio en cuestión los negocios dejan de resultar beneficiosos por culpa del crimen, o éste induce una emigración, el barrio no generará los mismos ingresos y no habrá tanto que robar. De hecho, la familia mafiosa que tenga un monopolio real y continuado sobre el crimen en una zona dada no cometerá robo alguno. Si en verdad monopoliza el crimen, le será beneficioso potenciar la rentabilidad de los negocios y la seguridad de residir en ese barrio. La familia mafiosa asentada maximizará sus ingresos vendiendo protección, tanto contra los crímenes que ella misma cometería (de no ser pagada) como contra los que podrían ser cometidos por otros (de no mantener ellos alejados a los criminales). En igualdad de circunstancias, cuanto más favorable resulte la comunidad como entorno para los negocios y la residencia, tanto más saldrá ganando el negocio de la protección. Así pues, si una familia mafiosa tiene poder para monopolizar el crimen, habrá pocos o ningún delito (aparte del negocio de la protección). La abundante literatura sobre el monopolio del crimen deja claro que una monopolización firme de éste da lugar, usualmente, a negocios de protección y no al crimen ordinario” (página 6).

Este párrafo coincide con la primera función que atribuía a mi mafioso original: mantener los caminos libres de (otros) salteadores. Olson identifica aquí el verdadero sentido de la protección mafiosa: es una protección contra los demás ladrones (hasta ahí se trata de un servicio de seguridad tan legítimo como cualquier otro), pero también (y en esto radica el carácter mafioso de la protección) una protección contra lo que haría el mismo protector en caso de impago, es decir, una forma de robo con amenaza.

En otro lugar del mismo capítulo Olson afirma que el bandido sedentario proporcionará a las víctimas de su latrocinio dos servicios tendentes a aumentar sus ganancias: las obras públicas y un sistema judicial, ya que ambos estimulan las transacciones comerciales y por tanto el monto de riqueza que el bandido podrá robar. ¡Bingo! me digo. Es justamente la misma evolución en cuatro fases que yo atribuía a mi mafioso original o protorrey: robar, escoltar, construir y juzgar. Parece que di en la diana, aunque poco gente nos crea (a él unos cuantos más que a mí).

Se da otra coincidencia no casual entre su trabajo y el mío, y es que parece que ambos nos inspiramos en el proceso de recomposición de Rusia tras el descalabro de la URSS. Ante la ausencia de autoridad, nace una miríada de organizaciones mafiosas que luchan entre ellas, se fusionan éstas con aquellas para crecer y sucumben o prosperan en un proceso acelerado de selección natural, hasta que una de las familias mafiosas alcanza un grado de poder tal que lo único que le interesa es un Estado ordenado. Es el momento en que la familia vencedora no necesita la brutalidad para crecer más, sino reprimirla en los otros para evitar que pongan en peligro el poder que los primeros han alcanzado. Voilá el estado, el grado mayor del latrocinio.

Boutade. Resulta irónico que quienes citan a Olson hablen de su metáfora del bandido nómada y el bandido sedentario. Ya no está entre nosotros para rabiar, pero probablemente Mancur Olson hablaba totalmente en serio y creía realmente que el origen del estado fue el latrocinio; de hecho los impuestos que él pagaba y yo espero seguir pagando durante muchos años distan mucho de ser metafóricos. Pero hasta en esto nos parecemos: me han preguntado alguna vez si yo he escrito la metáfora esa del barco como origen del templo griego. He escrito sobre ello, sí, pero de metáfora nada de nada. Una nave templaria es una nave naval, dicho sea así por si queda más claro, y punto. Y este artículo es tanto un homenaje a Mancur Olson como a mí mismo, aclaración que extiendo por si no se había notado.

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Comentarios

  1. JoseAngel

    Ya sabes que yo sí que me apunto a tu teoría. Hombre, matizando, claro, porque las cosas no sólo tienen un origen o causa, sino muchas causas entremezcladas. Pero la que señalas claro que es muy importante. Otra matización sería que “ladrones somos todos”, todos los que colaboramos o participamos del sistema, dejándonos robar y apoyando al Estado. Sobre todo los que somos (y aquí estarán especialmente de acuerdo los neoliberales) funcionarios estatales. Saludos desde el norte más norte del noroeste, que es donde estoy estos meses.

  2. Miguel

    El homenaje es justo (ambos dos, que decía aquel) pero con seguridad no proporciona un sillon en ese o aquel Consejo de Administración. Pero cuando en plena crisis del mercado (derivada de una crisis de mercades) algún presidente de templo griego consagrado al dios Lucro se permite aumentar su viatico en un módico 46% uno lamenta no viajar en el Kepler.

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