Bacca laureatus

· Categoría Clásicas · Comentarios: 4

La etimología es un placer sin fondo: llevas 40 años estudiando latín o griego y de repente un día te sale al paso una etimología obvia en la que no habías caído. No por difícil, que generalmente no lo son, sino porque son tantas… miles sin exagerar un ápice (del latín apex ‘punta’, sin ir más lejos). Pues bien, esta es obvia y una delicia. Todo instituto debería tener plantado en su jardín un ejemplar de Laurus nobilis —de laurel, vamos, de la familia de las laureáceas de toda la vida—. Porque la corona de laurel era símbolo de victoria para los griegos —deportiva, literaria o militar— desde el día en que Apolo tocó a Dafne y esta se convirtió en árbol de laurel por una venganza de Eros:

tu ducibus Latiis aderis, cum laeta Triumphum
vox canet et visent longas Capitolia pompas;
postibus Augustis eadem fidissima custos
ante fores stabis mediamque tuebere quercum,
utque meum intonsis caput est iuvenale capillis,
tu quoque perpetuos semper gere frondis honores!

Tú acompañarás a los caudillos del Lacio, cuando la voz jubilosa
grite triunfo y el Capitolio presencie grandes cortejos.
Guardián fidelísimo, permanecerás ante la puerta, en el umbral de Augusto,
y protegerás la corona de hojas de roble que está en su centro;
y lo mismo que mi cabeza es juvenil por los cabellos sin cortar,
tú llevarás siempre como adorno hojas perennes.

Ovidio, Metamorfosis I 560-565.
Trad. José Carlos Fernández y Josefa Cantó

De hecho a la puerta de mi aula crece un pequeño laurel, que alguien plantó sin saber qué oportuno era su gesto. Y la chispa etimológica saltó cuando, pensando en él, me di cuenta de que laureatus es el origen del término francés baccalauréat ‘bachiller’; y que bacca (más correctamente baca) es la palabra latina que significa ‘baya, fruto pequeño’. Así que el latín bacca laureatus significa ‘coronado de laurel con fruto’. El fruto debía suponer un honor añadido, como deja claro el adjetivo español «fructífero», que se dice del vegetal que cumple la que parece que es su función primera: dar fruto, como da fruto un estudiante que ha aprendido y sabe.

Corona de laurel hecha en oro con bayas, probablemente de Chipre del siglo IV o III a. C.

Corona de laurel con fruto, hecha en oro, probablemente de Chipre (siglos IV o III a. C.). Foto: Andreas Praefcke, en Wikipedia Commons. Licencia: dominio público.

Me toca explicárselo a los alumnos, que a buen seguro pasarán ahora junto al laurecillo, y lo mirarán, con el poco más de respeto con que se mira a cuanto tiene tras de sí una historia, más si esta es mitológica y tiene su punto misterioso. Y explicárselo también a los compañeros de otras disciplinas, que de vez en cuando se embelesan con estas perlas de sabiduría que les soltamos los de lenguas, los que parece que vivimos del aire, el sol, las nubes, el olor de tu piel, el modo callado en que tu cuerpo se detiene y reanuda luego el paso vuelto casi ola… Y también podemos luego incorporar a la ceremonia de graduación de final de curso una corona hecha con dos ramitas de este laurel del jardín nuestro, para que pase de cabeza a cabeza y de foto a foto. Pero, ¿le dolerá? ¡Pobre!

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Comentarios

  1. JoseAngel

    Hablando de laureles, la noticia de esta semana ha sido:
    Morales, Manuel. “El helenista Carlos García Gual, elegido miembro de la RAE.” El País 30 Nov. 2017.* (b. Baleares). https://elpais.com/cultura/2017/11/30/actualidad/1512059302_329679.html 2017

    —¿le dedicarás algún comentario, laudatorio supongo, o supongo mal?

  2. pompilo (Autor)

    «Lauratorio» le cuadraría más. El reconocimiento que creo que merece —no solo él, sino la colección Biblioteca Clásicas Gredos que lleva años dirigiendo— es el Premio Príncipe de Asturias de las Letras (si le dieron el de Comunicación y Humanidades al National Geographic…). Se trata de una labor hercúlea que ha conseguido lo que nunca antes: que dos o tres generaciones de filólogos clásicos españoles se pongan de acuerdo para traducir al español toda la literatura y la ciencia grecorromanas conservadas, para provecho también de filólogos clásicos, pero principalmente de todos los que no lo son: historiadores (Heródoto), politólogos (Tucídies), matemáticos (Euclides), biólogos (Aristóteles), psicólogos (Teofrasto), ingenieros (Arquímedes), físicos (Arato), filósofos (Plotino) y los demás. Parafraseando a Horacio (Odas III 30.1), «exegerunt monumentum aere perennius», o casi.

  3. José Miguel

    Realmente un artículo precioso. Me permití la libertad de leerlo con los alumnos en la clase de latín de 4º. El próximo curso todos quieren cursar bachillerato, así que me pareció oportuno darles la explicación etimológica de su oficio durante los dos próximos años: ser coronados con el fruto del laurel. Fue una experiencia muy gratificante, ya que durante los comentarios de la lectura, uno de ellos aportó la grata sorpresa de que en el instituto ya contábamos con un árbol de laurel. En un viaje a Grecia, concretamente a Delfos, el profesor trajo un esqueje que plantó en lo que era el antiguo peristilo, con la buena fortuna de que creció hasta convertirse en un robusto árbol. Al término de la lectura, bajamos a contemplarlo, y como bien dice, creo que ahora lo mirarán con otros ojos e incluso le contarán su hermosa historia a alguien.
    Un saludo.

  4. pompilo (Autor)

    Gracias, José Miguel, por tus palabras. Es de verdad bonita la historia de vuestro Laurus nobilis. Recuerdo haber cogido una hoja de un laurel de Delfos, que seguirá durmiendo entre las hojas de uno de mis libros. No pensé que pudiera reproducirse por esquejes… Un saludo

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