No está parado lo del Liddell, Scott & Jones, ἀλλὰ βραδέως βαδίζει. Por unos días quedó todo en suspenso, cuando me entraron serias dudas acerca de si el diccionario estaba o no en el dominio público. Hice bien en no creerme a pies juntillas la afirmación de la Wikipedia inglesa según la cual Perseus había licenciado el LS&J con una licencia CreativeCommons. Esa afirmación no puede ser cierta. Primero porque su página dedicada al OpenSource no hace ninguna mención al LS&J. Segundo porque ellos no son propietarios de derechos, ya que el tecleado o la digitalización no otorgan derecho de propiedad intelectual alguno. El propietario de los derechos de copia sería, si acaso, Clarendon Press, la empresa editora de la edición en papel de 1940.
Pues bien, salvo a Clarendon Press, por no liarla, me dirigí a diversas personas autorizadas de quienes presumí que conocerían el estatus legal del diccionario; pero la respuesta no debe ser nada fácil porque nadie me sacó de dudas. En estas consumí un tiempo, hasta que caí en que la respuesta era más sencilla que todo eso. La Ley de Propiedad Intelectual inglesa es compleja pero, aún poniéndonos en lo peor, las obras protegidas pasan a dominio público 70 años después de la muerte de su autor o del último de sus autores en el caso de tratarse de una obra colectiva. Y da la sorprendente casualidad de que los cuatro autores firmantes del diccionario fallecieron incluso antes de publicarse la edición de 1940 con la que nos proponemos trabajar, según informan diferentes fuentes de la red; concretamente las fechas de fallecimiento son:
Liddell † 1898
Scott † 1887
McKenzie † 1937
Jones † 29-6-1939
Si comenzamos el cómputo desde la muerte de Sir Henry Stuart-Jones, los 70 años se cumplen el 29 de junio de este año 2010. Voilà y ancha es Castilla.
Claro que queda aún camino por delante. Ya hemos encontrado al informático capaz de programar la herramienta necesaria para hacer la traducción en línea, sirviéndose para ello, según dice, de PHP, MySql, Python, CSS y algo más. Lo mejor, que dice que “puede hacerse y no es difícil”. Presuponiendo sus horas de trabajo y valorándolas a precio de buen amigo, ahora sólo hace falta que alguno de nosotros encuentre 1.500 euros bajo una baldosa. Resuelto eso, el aspecto de nuestro juguete podrá ser tal que éste. ¿A que luce bonito?
Les enseñaba hoy a mis alumnos el silabario lineal B con ayuda de Google images y se me quedó una idea rondando: hay en internet imágenes a buena definición que para mí las hubiera querido cuando lo estudiaba. A lo tonto, pues, me he puesto con ésta de Wikipedia: NAMA Tablet 7671 (NAMA de National Archaeological Museum of Athens) y, con la ayuda de este llavero he trasliterado (¡Oh, Dios, por primera vez en mi vida!) una tablilla micénica. Sólo, con un par, de imágenes digo.
¡Vive el Olimpo! ¡A la vejez tablillas! Claro que ni la heroicidad es ya lo que era, que me ha bastado buscar en Google entrecomillada la primer línea y… ¡Toma ya! Me la ha encontrado literal, completa y repulida en C. J. Ruijgh, Tabellae Mycenenses Selectae:
Resulta ser la tablilla MY Oe 106. Entonces le pides a Google que suelte lo que sabe de MY Oe 106 y resulta que sabe, y que tiene a día de hoy 10 citas al trozo de barro: tablilla de Micenas, de la casa del Mercader de Aceite, de circa 1250 a.C. Me tomo unas sales para la impresión y por hoy lo dejo. ¿Puede alguien traducírmelo para mañana y así lo ponemos con texto y traducción junto a su imagen en la Wikipedia? Venga, valientes, que lo más gordo ya está hecho y hasta dejo aquí el diccionario.
En clara etimología, la anastilosis designa entre los arqueólogos la tarea de volver a erigir un resto arquitectónico (una columna, στύλος) que se había caído.
Concedí en su día el premio Pompilo de oro a la página de recursos del Departamento de Filología Clásica e Indoeuropeo de la Universidad de Salamanca, gestionada por Paco Cortés y Susana González. Ayer descubrí que han procedido a anastilosizarla y dejarla guapa. Ecce omnibus vobis…
de cuyo regreso todos nos congratulamos. Sus autores han montado un moderno Joomla, con sus correspondientes RSS, y han trasladado a la nueva plataforma la mayoría de los recursos que glosaron con anterioridad (aunque no todos, snif). Μακρός βίος τῷ βασιλέι.
Por cierto que compartían premio con el articulista Raúl del Pozo por su arrimarse tenaz al legado grecolatino. Sigue éste impertérrito dale que dale, ayer sin ir más lejos, con Esto es Rodas. Gratias tibi quoque.
Nos pasamos años los de mi generación delante de la tele, cuando sólo había una, y nos tragábamos lo que echaban. Gracias a eso, y a que ningún pedagogo avisó a nuestros padres de su pernicioso efecto, nos expusimos hora tras hora, tarde tras tarde, una noche sí, la otra también, a centenares, un millar de películas cuyas secuencias ocupan polvorientos desvanes de nuestra memoria. Oímos horas y horas de jazz del bueno, vimos bailar a Fred Astaire y otros asombros.
Hoy, ante un CD de Lullabies for JazzKids of All Ages, he echado en falta la nana que a dos voces cantaba Danny Kaye con… ¿quién era y en qué película? Como vivimos tiempos asombrosos, me ha costado poco preguntarle a Google, y a la IMDB hasta dar con ella: “Lullaby in Ragtime”, de la película The Five Pennies (1959). Incluso estaba en YouTube esperándome la escena exacta de la nana, y un par de versiones más, una con Louis Armstrong:
De la letra me encanta especialmente, como no puede ser de otro modo, la metáfora marinera:
So you can hear the rhythm
of the ripples on the side of the boat,
as you sail away to Dreamland.
Una metáfora marinera similar, pero más desarrollada, en Lullaby to Erle de Silje Nergaard. La grabación, como más moderna, es mucho mejor y su voz un lujo.
En mi último post, Una idea mu gorda, entre bromas y veras revelaba un sueño: que entre todos podemos traducir el diccionario Liddell, Scott & Jones al español y que podemos colgarlo en la red para uso de propios y extraños. No esperaba reacciones a tamaño exabrupto y, para mi sorpresa, las hubo. Pasado el pasmo inicial, le he estado dando vueltas a la idea, he visualizado los pasos que habría que dar para hacerla posible y el resultado es que, a día de hoy, me veo con ganas de seguir adelante. Van a continuación unas cuantas reflexiones que comparto con quien quiera leerlas, darle a su vez sus vueltas y añadir sus dos ojos a los míos y los del vecino.
¿Realmente el Liddel está en dominio público?
Jeremy March, de philolog.us, me ha resuelto a vuelta de correo unas cuantas dudas sobre la disponibilidad del Liddell, Scott & Jones en formato electrónico. La noticia es excelente: resulta que ya tenía, sin saberlo, el LS&J en mi ordenador, concretamente dentro de las tripas del programa Diogenes. Es un archivo .xml de 130 Mb que contiene 122.795 líneas de código. Movido por la curiosidad, busco la última entrada del diccionario, que aparece tal que así:
Y para traducir la entrada al español basta con cambiarle lo que destaco en negrita:
ᾠώδης, ες, A. semejante a un huevo, “ὑγρότης” Arist.HA565a23; “σκώληξ” Id.GA 733b13: oval, φιάλιον ὠιῶ[δες] IG22.1534.46 (IV a.C.).
Por otra vía descubro que la edición electrónica, que digitalizó y difunde el proyecto Perseus, corresponde a la 7ª edición del LS&J que salió de imprenta en 1883 [corregido en comentario 4]. La cuenta de la vieja (y el artículo 26 de la Ley de Propiedad Intelectual) dice que está, pues, en dominio público; así lo confirman en Internet Archive, de donde además se puede descargar el diccionario en formato .pdf. De todas formas, tampoco estará de más confirmar la disponibilidad en Perseus, comunicarles la iniciativa y agradecerles la labor realizada.
¿Y ahora qué?
A partir de este momento, y a mi modo de entender, los pasos a dar son dos:
Crear una herramienta informática, muy compleja por dentro, cuya parte visible será una página web capaz de mostrar el original inglés y permitir su traducción en línea a usuarios registrados. Me temo que ningún profesor de clásicas, por más que voluntarioso, tiene los conocimientos informáticos necesarios. Habrá que recurrir a una empresa especializada, así que urge recabar la subvención de una fundación o asociación o universidad o consejería o ministerio. Por dinero no será, algunos incluso dicen que está blowing in the wind.
Seducir a 1.000 traductores voluntarios. Para conseguirlo hay que crear un efecto bola de nieve, y eso sólo ocurrirá si el proyecto cuenta con un liderazgo verosímil.
Un liderazgo verosímil
Este proyecto sólo es factible si se supera un número crítico de participantes, pongamos que 1.000 voluntarios, que tocarían al equivalente a dos páginas de la edición impresa del diccionario en su versión actual (2.348 páginas): es una pequeña inversión que reporta un beneficio enorme. Lo decía con palabras más poéticas una chica en su blog, “por cada granito de arena que yo pueda aportar, recibo una playa entera”. Pero si sólo se ofrecen 100 voluntarios, le tocará a cada uno 30 páginas, la mayoría de ellos desistirá y todo quedará en nada. El camino a recorrer es el contrario, el efecto de una bola de nieve: si todo el mundo cree que va a haber 1.000 voluntarios y que el proyecto llegará a buen puerto, acabará habiéndolos.
Calculo a ojo, y siendo más bien conservador: hay 4.000 institutos en España, lo que supone 1.600 profesores de Griego de secundaria; les sumo 400 profesores y estudiantes universitarios y me salen 2.000 helenistas. No incluyo en la cuenta a los profesores de latín, pero no me cabe duda de que muchos de ellos participarían a gusto. Por otra parte, la Sociedad Española de Estudios Clásicos cuenta, según los últimos datos que recuerdo, con unos 3.500 asociados; aunque muchos de sus miembros no son filólogos, sino historiadores, también hay muchos clasicistas que no pertenecen a la asociación y que podrían sumarse a esta iniciativa.
Con semejantes números no me parece descabellado conseguir los 1.000 voluntarios sine quibus non. Como decía antes, los habrá si todos creemos que va a haberlos, y para que eso ocurra hace falta que las asociaciones clasicistas de España se convenzan de la viabilidad del proyecto, que le den su placet y se sumen a él, que lo difundan entre sus socios y les animen a participar. Me refiero a las SEEC, SCEC, SELat, Cultura Clásica .com y .net, Χείρων·Chiron, Asociación Andaluza de Latín y Griego, EPOS, Asturcéfiro, AMUPROLAG, APLEC, etc. Me temo que, sin ellas, la blogosfera clasicista todavía no alcanza tan lejos.
Escollos
Se me ocurren algunos, además del pesimismo que a todos nos engancha alguna vez del cuello. Alguien puede pensar que un diccionario Griego-español traducido del inglés no es serio. Es verdad que no es serio traducir a Heródoto de una traducción francesa, pero el mérito de un diccionario reside en reunir un número elevado de vocablos, detectar sus significados distintos y proporcionar la cita de los pasajes concretos en que se verifican dichos matices. Todos estos logros están contenidos en el LS&J como en ningún otro diccionario, y todos ellos son traducibles.
Alguien puede pensar que un LS&J en español es una piedra en el camino del Diccionario griego-español que elabora el CSIC. No se me ocurre idea más descabellada. El DGE, cuando se finalice, superará con mucho al LS&J y ese día los clasicistas angloparlantes desearán copiar esta iniciativa para disponer del DGE en su lengua. Pero entretanto, y pienso que faltan muchos años, vale la pena contar con el LS&J en español.
Alguien puede preguntarse: “Y mi granito de arena, cui prodest?” Para que la respuesta a esta duda sea “a ti y a todos, y a nadie en particular”, una labor comunitaria como ésta se debe blindar desde el principio otorgándole una licencia CreativeCommons que todos los voluntarios deberán aceptar. Debe incluir además, por parte de los responsables del proyecto, el compormiso de hacer accesible para su descarga el diccionario, una vez acabado, en un formato que pueda reutilizar cualquiera.
Por clasicistas, para las humanidades
Pecaríamos de cortos de miras si creyésemos que el LS&J sólo nos importa a los clasicistas. No hay ahora mismo en la red ningún diccionario griego-español equivalente al DRAEL. Los humanistas consultan a diario páginas que mencionan, por ejemplo, que “gobierno” viene del griego κυβερνάω. Pero en esas páginas el término griego no está enlazado con ningún diccionario de griego clásico en red porque tal diccionario no existe y el Liddell en inglés les pilla tan lejos que no lo conocen. De existir, muchos hispanistas, historiadores, personas inquietas en general, enriquecerían sus páginas poniendo un enlace a ese diccionario, y la presencia de las lenguas y los estudios clásicos en la red se vería incrementada. Ése es, entre otros, el cometido fundacional de nuestras asociaciones. “Nos acabarán arrinconando”, decimos a veces, y tanto más si nosotros mismos no damos un codazo, si no les recordamos que la tradición grecolatina existe y nos hacemos un hueco.
Para acabar, ¿os imagináis dentro de veinte años diciendo ante un interino de la última hornada “Yo también estuve en Maratón… digo… en la traducción del LS&J?”. Yo sí. Todas las ideas, aportaciones y comentarios son legítimos y bienvenidos.