Fija y da esplendor y no es nuestra Academia sino, insospechadamente, la Wikipedia. Me explico. A pesar de haberla frecuentado a menudo, nunca se me había pasado por la cabeza que tuviera el poder de fijar los usos lingüísticos. Una, más que pequeña, nimia anécdota me lo ha revelado.
Iba un día de paseo por la wiki cuando me topé con una mención al templo de Afaia, en la isla de Egina. Detecté que estaba ante una más de las numerosas transcripciones erróneas de la Wikipedia y obré en consecuencia: redirigí el artículo Afaia a Afea, la transcripción correcta de Ἀφαία (ver reglas al respecto), y me quedé tan ancho. Pero un par de días más tarde, y para mi sorpresa, un compañero wikipedista me lleva la contraria. Tengo que reconocerle dos cosas: la priemra que argumenta como un caballero, y la segunda que sus argumentos pesan. Leamos:
No discuto la mayor o menor corrección filológica, pero las fuentes bibliográficas o en red en arte utilizan Afaia o Aphaia (que para el caso es lo mismo). Creo que deberías repensarte la redenominación. En cualquier caso, habría que conservar la antigua en el texto, y no creo que convenga modificar los enlaces en otros artículos. Ya me dirás.
Efectivamente la corrección filológica no deja lugar a dudas: Γαῖα > Gea, Ήλιαία > Heliea, Ποτίδαια > Potidea, etc. (por un momento Acaya me hizo dudar, pero en el Ἀχαΐα original hay una diéresis que no aparece en nuestra Άφαία). En lo referente al uso tiene razón el compañero, según se puede comprobar en internet: para “templo de Afaia” Google devuelve a día de hoy 27.100 páginas en español, en tanto que para “templo de Afea” sólo devuelve 13.200, la mitad (curiosamente Afaya, que es más correcto que Afaia, apenas se usa).
Fernández Galiano (La trascripción castellana de los nombres propios griegos, Madrid, SEEC, 1961) y el sentido común coinciden en que en esto de la transcripción, como en todo lo pertinente a la lengua, el uso asentado es ley. Pero tengo yo mis dudas con esta palabra, porque ninguna de las dos versiones se ha impuesto claramente sobre la otra, seguramente porque no se usa mucho. A mi manera de ver la mitad de resultados autorizados es suficiente para que apostemos todavía por Afea; creo que con esos números no hay que dar la batalla de la corrección por perdida. Y los que vengan detrás que arreen. Mejor dicho, que aprendan.
La revelación que decía al principio reside en que va a resultar que la Wikipedia, por su éxito arrollador, a lo mejor tiene en su mano el torcer mínimamente el uso e inclinar la balanza, a medio o largo plazo, en un sentido u otro. Vamos, que a lo mejor fija y estamos jugando sin saberlo a aprendices de brujo. Yo, por si acaso, me quedo con Afea la “invisible” y, para acabar con buen sabor de boca, cito:
…era una diosa griega de la luz, hija de Leto y por tanto, hermanastra de Apolo y Artemisa. Se la identifica con la ninfa cretense Britomartis. Fue venerada únicamente en el santuario de la isla de Egina, en el Golfo Sarónico. Se le atribuye la invención de las redes para la caza y la pesca. Muy bella, fue perseguida sin cesar por los hombres, entre ellos, el rey Minos, de quien intentó escapar arrojándose al mar. De allí fue recogida en las redes por un pescador egineta que se enamoró de ella. Britomartis llamó a su hermanastra y protectora que la hizo desaparecer: se hizo Afea, la invisible. El templo en su honor sería construido en el lugar de su desaparición.
No está parado lo del Liddell, Scott & Jones, ἀλλὰ βραδέως βαδίζει. Por unos días quedó todo en suspenso, cuando me entraron serias dudas acerca de si el diccionario estaba o no en el dominio público. Hice bien en no creerme a pies juntillas la afirmación de la Wikipedia inglesa según la cual Perseus había licenciado el LS&J con una licencia CreativeCommons. Esa afirmación no puede ser cierta. Primero porque su página dedicada al OpenSource no hace ninguna mención al LS&J. Segundo porque ellos no son propietarios de derechos, ya que el tecleado o la digitalización no otorgan derecho de propiedad intelectual alguno. El propietario de los derechos de copia sería, si acaso, Clarendon Press, la empresa editora de la edición en papel de 1940.
Pues bien, salvo a Clarendon Press, por no liarla, me dirigí a diversas personas autorizadas de quienes presumí que conocerían el estatus legal del diccionario; pero la respuesta no debe ser nada fácil porque nadie me sacó de dudas. En estas consumí un tiempo, hasta que caí en que la respuesta era más sencilla que todo eso. La Ley de Propiedad Intelectual inglesa es compleja pero, aún poniéndonos en lo peor, las obras protegidas pasan a dominio público 70 años después de la muerte de su autor o del último de sus autores en el caso de tratarse de una obra colectiva. Y da la sorprendente casualidad de que los cuatro autores firmantes del diccionario fallecieron incluso antes de publicarse la edición de 1940 con la que nos proponemos trabajar, según informan diferentes fuentes de la red; concretamente las fechas de fallecimiento son:
Liddell † 1898
Scott † 1887
McKenzie † 1937
Jones † 29-6-1939
Si comenzamos el cómputo desde la muerte de Sir Henry Stuart-Jones, los 70 años se cumplen el 29 de junio de este año 2010. Voilà y ancha es Castilla.
Claro que queda aún camino por delante. Ya hemos encontrado al informático capaz de programar la herramienta necesaria para hacer la traducción en línea, sirviéndose para ello, según dice, de PHP, MySql, Python, CSS y algo más. Lo mejor, que dice que “puede hacerse y no es difícil”. Presuponiendo sus horas de trabajo y valorándolas a precio de buen amigo, ahora sólo hace falta que alguno de nosotros encuentre 1.500 euros bajo una baldosa. Resuelto eso, el aspecto de nuestro juguete podrá ser tal que éste. ¿A que luce bonito?
Les enseñaba hoy a mis alumnos el silabario lineal B con ayuda de Google images y se me quedó una idea rondando: hay en internet imágenes a buena definición que para mí las hubiera querido cuando lo estudiaba. A lo tonto, pues, me he puesto con ésta de Wikipedia: NAMA Tablet 7671 (NAMA de National Archaeological Museum of Athens) y, con la ayuda de este llavero he trasliterado (¡Oh, Dios, por primera vez en mi vida!) una tablilla micénica. Sólo, con un par, de imágenes digo.
¡Vive el Olimpo! ¡A la vejez tablillas! Claro que ni la heroicidad es ya lo que era, que me ha bastado buscar en Google entrecomillada la primer línea y… ¡Toma ya! Me la ha encontrado literal, completa y repulida en C. J. Ruijgh, Tabellae Mycenenses Selectae:
Resulta ser la tablilla MY Oe 106. Entonces le pides a Google que suelte lo que sabe de MY Oe 106 y resulta que sabe, y que tiene a día de hoy 10 citas al trozo de barro: tablilla de Micenas, de la casa del Mercader de Aceite, de circa 1250 a.C. Me tomo unas sales para la impresión y por hoy lo dejo. ¿Puede alguien traducírmelo para mañana y así lo ponemos con texto y traducción junto a su imagen en la Wikipedia? Venga, valientes, que lo más gordo ya está hecho y hasta dejo aquí el diccionario.
En clara etimología, la anastilosis designa entre los arqueólogos la tarea de volver a erigir un resto arquitectónico (una columna, στύλος) que se había caído.
Concedí en su día el premio Pompilo de oro a la página de recursos del Departamento de Filología Clásica e Indoeuropeo de la Universidad de Salamanca, gestionada por Paco Cortés y Susana González. Ayer descubrí que han procedido a anastilosizarla y dejarla guapa. Ecce omnibus vobis…
de cuyo regreso todos nos congratulamos. Sus autores han montado un moderno Joomla, con sus correspondientes RSS, y han trasladado a la nueva plataforma la mayoría de los recursos que glosaron con anterioridad (aunque no todos, snif). Μακρός βίος τῷ βασιλέι.
Por cierto que compartían premio con el articulista Raúl del Pozo por su arrimarse tenaz al legado grecolatino. Sigue éste impertérrito dale que dale, ayer sin ir más lejos, con Esto es Rodas. Gratias tibi quoque.
Nos pasamos años los de mi generación delante de la tele, cuando sólo había una, y nos tragábamos lo que echaban. Gracias a eso, y a que ningún pedagogo avisó a nuestros padres de su pernicioso efecto, nos expusimos hora tras hora, tarde tras tarde, una noche sí, la otra también, a centenares, un millar de películas cuyas secuencias ocupan polvorientos desvanes de nuestra memoria. Oímos horas y horas de jazz del bueno, vimos bailar a Fred Astaire y otros asombros.
Hoy, ante un CD de Lullabies for JazzKids of All Ages, he echado en falta la nana que a dos voces cantaba Danny Kaye con… ¿quién era y en qué película? Como vivimos tiempos asombrosos, me ha costado poco preguntarle a Google, y a la IMDB hasta dar con ella: “Lullaby in Ragtime”, de la película The Five Pennies (1959). Incluso estaba en YouTube esperándome la escena exacta de la nana, y un par de versiones más, una con Louis Armstrong:
De la letra me encanta especialmente, como no puede ser de otro modo, la metáfora marinera:
So you can hear the rhythm
of the ripples on the side of the boat,
as you sail away to Dreamland.
Una metáfora marinera similar, pero más desarrollada, en Lullaby to Erle de Silje Nergaard. La grabación, como más moderna, es mucho mejor y su voz un lujo.