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Llevaba tiempo mosqueado con la etimología de este término mecánico y marinero: «cabrestante: Torno de eje vertical que se emplea para mover grandes pesos por medio de una maroma o cable que se va arrollando en él a medida que gira» (DLE de la RAE). Joan Corominas no lo tiene claro, y la RAE —que tampoco— apunta que «cabrestante» derivaría de un occitano medieval cabestran.

Dibujo de un cabrestante accionado por cinco marineros

Pero hoy finalmente he visto la luz, gracias curiosamente a un diccionario en línea, el Wiktionary en inglés, que sin decirlo explícitamente me ha puesto sobre la buena pista. Este diccionario relaciona «cabrestante» con el portugués cabresto ‘ronzal’, o sea ‘cuerda que se ata al pescuezo o a la cabeza de las caballerías para sujetarlas o para conducirlas caminando’ (DLE de la RAE), que tiene una variante cabestro que deriva según las leyes fonéticas habituales del latín capistrum ‘ronzal’. La derivación latina es obvia: capistrum deriva de caput ‘cabeza’ porque el ronzal consiste en una cuerda o tiras de cuero que rodean la cabeza del animal. Pero no hace falta que nos remitamos al portugués, porque en español «cabestro» significa también ‘ronzal’ (DLE de la RAE), y también el español atestigua una variante con metátesis de «r», o sea, «cabresto», de uso en varios países de América (DLE de la RAE). Por cierto que, hablando de ronzales, el equivalente griego del latín capistrum es φορβειά, que designa también el ronzal que se ponían los tañidores de aulós, la flauta doble, para evitar que se les hincharan los carrillos y se les deformara la cara.

Flautista de la tumba de las granadas (detalle)
Flautista de la tumba de las granadas (detalle), Paestum, siglo III a. C.
Fuente: Wikipedia, usuario Xocolatl; dominio público.

Queda por entender qué relación tiene el cabestrante náutico con un ronzal, y ahí es donde aflora una metáfora insospechada. Muchísimos pueblos han asociado sus barcos con distintos animales, y han supuesto que su proa equivale a la cabeza (los rostra latinos), el casco al cuerpo del animal y la popa a los pies o a una cola. Cuando un barco está fondeado, de su proa (o sea, de su cabeza) sale un cabo que se sumerge en el agua y llega al ancla que reposa en el fondo del mar y lo mantiene inmóvil. En esa posición el barco detenido recuerda a un caballo —o a otro animal— al que se ha atado de una brida a un árbol o a la argolla de una pared. Una brida no se ata directamente a la cabeza del animal, sino al ronzal que rodea su cabeza. Pues bien, si la brida recuerda al cabo del ancla, el ronzal tendrá su equivalente en el cabestrante, que es la pieza del barco en la que se sujeta el cabo o cadena del ancla. Voilà!

Así que, resumiendo, la evolución habría sido aproximadamente esta: latín capistrum ‘ronzal’ > español y portugués cabestro y con metátesis de «r» cabresto, con el mismo significado > occitano cabestran ‘torno de eje vertical…’ > español cabrestante, tal vez por la «reposición» —errónea por hipercorrección— de una vocal -e final que se considera perdida. ¿Es imprescindible hacer pasar la palabra por el occitano para que aparezca en español una sílaba tónica -an? No sabría decirlo.

Resulta curioso que el término «cabestro», que en su primera acepción se aplica a los mansos con los que se gobierna a los toros bravos, sea también en origen una metáfora. Para manejar a un animal con las bridas hay que ponerle un ronzal, y tirar de o sujetarlo con él. Y eso es lo único para lo que sirven y se usan los mansos, para a través de ellos tirar de o sujetar a los toros bravos.

Añadido 4/8/2018. Ngram Viewer de Google atestigua la variante «cabestrante» (incluso «cabestante», calco u origen del inglés capstan) en libros publicados en español entre los siglos XVIII y XX en cantidad suficiente como para pensar que no se trata de una errata; más aún, de ser cierta la etimología que propongo, esta de «cabestrante» sería la forma original.

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Los pioneros de la gramática, pongamos que los griegos como Dioniso Tracio y demás, vieron que su idioma tenía un género específico para referirse a los individuos de sexo femenino, el θηλυκὸν γένος ‘género femenino’, y dedujeron acto seguido —muy ingenuamente— que el usado para referirse a los individuos de sexo masculino era el ἀρσενικὸν γένος ‘género masculino’. Y eso a pesar de que eran conscientes de que…

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Llega el verano y vuelve el anuncio de Nescafé shakissimo que lo dice bien claro: para un chico joven, donde esté una fellatio que se quite el onanismo. Procedo.

En Grecia en verano es habitual, desde hace muchos años, tomar lo que ellos llaman un φραπέ, o sea un frappé (Wikipedia lo explica muy bien): se pone Nescafé en polvo en el fondo de una coctelera (o de un modesto vaso largo de plástico) con un poco de agua y varios cubitos de hielo, se agita hasta generar abundante espuma y se le echa finalmente agua, leche y azúcar en la cantidad preferida. Sale como un refesco de café que los griegos toman con pajita y mucha, mucha calma.

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En septiembre de 2010 monté una wiki para mi instituto, el IES Avempace de Zaragoza, similar a la que había montado en 2008 para agregar los recursos del portal de profesores de Griego y Latín Χείρων·Chiron. La creé con el CMS (Content Management System, o sea, el programa instalado en el servidor) MediaWiki, el programa que creó, usa y mantiene la Fundación Wikimedia para Wikipedia y sus proyectos hermanos. La llamé Wikimpace por razones obvias, y entre 2010 y 2012 colgué en ella con mis alumnos de Griego II los diez temas que entraban entonces en la PAU (antes llamada selectividad y después EvAU) de Aragón.

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Leyendo sobre el ortotipógrafo José Martínez de Sousa, he descubierto en Wikipedia el adjetivo «autodidacto», que me ha sonado basto como lija del 10. Pero —¡mira por dónde!— a continuación he descubierto que el adjetivo griego del que deriva es αὐτοδίδακτος, ον, que bien podía haber dado en español un masculino acabado en «o». Sin embargo el término ha llegado al español pasando por el francés, que se come la última vocal: autodidacte, y ha dejado el campo libre a la creatividad del hablante español…

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Un poema de Ángel González que, sin ser mío, dedico a una amiga que ha cumplido un sueño, como quien desposa al mar. Y ahora pasea a su lado por la mañana, por la tarde levanta la vista del libro que está leyendo y se llena de él, y —aunque no ha reparado en ello— oye dormida cada noche su rumor continuo como la respiración de un amante.

El recuerdo

Si fuese débil, si
me abondonase a tu canto un solo instante…

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He conocido —ya ni sé cómo; sufear la red acaba mareándome— la recopilación de chistes griegos del siglo IV titulada Φιλογέλως, o sea, Filógelos o «El amante de la risa». Tiene el libro colgado en internet Ulrich Harsh, el profesor de informática y humanista vocacional autor de la Biblioteca Augustana. Traduzco un par:

Γυναῖκες 245 A

Νεανίσκος γραίας δύο καπριώσας ἐκάλεσε, πρὸς δὲ τοὺς οἰκείους διακόνους ἔφη· τὴν μίαν κεράσατε, τὴν δὲ θέλουσαν ἀφροδισιάσατε. αἱ δὲ ὑφ᾽ ἓν εἶπον· ἡμεῖς οὐ διψῶμεν.

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Uno de los obstáculos para dejar de usar el paquete ofimático MS Office en los centros educativos es la constatación de que las consejerías de educación —y las juntas directivas de los centros, y los compañeros— siguen enviando al profesorado documentos electrónicos en formatos propios de este programa, incumpliendo las normativas europea y española. Preparé hace tiempo una respuesta para usar en estos casos que, combinada con un poco de firmeza y buena educación, debería bastar.

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Propongo a las personas e instituciones que tengan poder para ello que hagan suya esta causa: presentar formalmente como candidata al Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades a la colección editorial Biblioteca Clásica Gredos, en la persona de sus directores el helenista Carlos García Gual y los latinistas José Javier Iso y José Luis Moralejo. Aquí el catálogo de la colección en PDF.

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La etimología es un placer sin fondo: llevas 40 años estudiando latín o griego y de repente un día te sale al paso una etimología obvia en la que no habías caído. No por difícil, que generalmente no lo son, sino porque son tantas… miles sin exagerar un ápice (del latín apex ‘punta’, sin ir más lejos). Pues bien, esta es obvia y una delicia. Todo instituto debería tener plantado en su jardín un ejemplar de Laurus nobilis —de laurel, vamos, de la familia de las laureáceas de toda la vida—.

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