· Categoría · Comentarios: Ninguno  

Ese nombre, Juan Ignacio Delgado Alemany, es el del cómico que se hace llamar Ignatius Farray, que ha publicado un ensayo para mí sorprendente: Meditaciones (ISBN 978-84-9998-940-2), un declarado homenaje a la obra de Marco Aurelio. El tono es similar a menudo, la extensión de sus meditaciones también lo es, y lo es la organización en libros y parágrafos con numeración romana. En una del libro tercero Farray me da la clave para responder a la eterna duda, nunca resuelta, sobre el posicionamiento político de Aristófanes (en realidad pone en palabras acertadas lo que había sospechado o leído en otros más de una vez). Dice Ignatius Farray en Meditaciones III.4 (cómo debe molar que le citen a uno a la manera antigua):

IV

Un cómico no puede formar parte de nada, ni pertenecer a ningún grupo en particular, porque entonces estaría continuamente cayendo en la tentación de utilizar la comedia como una herramienta a favor de su ideología. Desde el momento en el que empiezas a utilizar la comedia con esa intención estás bastardeando la comedia, porque la comedia es mucho más que eso.

En la comedia política, si solo te dedicas a criticar un bando, estás instrumentalizando la comedia, por un lado, y siendo muy ingenuo, por el otro. Porque la comedia te va a explotar en las manos. La comedia es un mono con dos pistolas disparando en muchas direcciones. Nadie es capaz de controlar esa fuerza y es muy presuntuoso pensar que sí se puede. Un cómico no puede formar parte de nada, y menos de la sociedad.

Los chamanes y los sacerdotes comparten el mismo ADN con los cómicos. Los sacerdotes, por ejemplo, también tienen que hacer cosas para mantenerse al margen de la sociedad…

Acaba su meditación Farray con explicación de la singularidad de los sacerdotes cristianos tan provocadora que me da repelús y no la reproduzco (efectivamente, el cómico actúa como «un mono con dos pistolas»). Precisamente hace poco invertí una parte de mi tiempo en arreglar —o sea, comprobar, completar y formatear correctamente— las referencias del artículo de Wikipedia en español que habla del Abuso sexual infantil. Haciendo lo mismo hace un tiempo en un artículo de salud, Síndrome de Korsakoff, me di cuenta de que editar Wikipedia puede ser una forma —aunque mínima— de voluntariado, a la vez que un tributo insospechado a la personas queridas.

· Categoría · Comentarios: Ninguno  

Me gustaría decir otra cosa, pero mentiría. Lo cierto es que, cuando dos o más lenguas compiten, se encuentran en un juego de suma cero, y los hablantes que «gana» una los «pierde» la otra. No desmiente esta verdad el hecho de que algunas personas hablen más de una lengua, y que esto se considere enriquecedor: los libros que yo leo en inglés no los leo en mi lengua materna, el español, y las conversaciones que tengo en catalán no las tengo en español. Unas lenguas ganan hablantes y otras los pierden, sea por completo o a pedazos.

He escrito comillas al referirme a los hablantes que una lengua «gana» o «pierde» con toda la intención: las metáforas a veces las carga el diablo, y este es uno de esos casos. En las disputas sociolingüísticas se dice a menudo —y es una verdad de ley, para que la que nunca he leído refutación— que las lenguas no tienen derechos, que son los hablantes quienes los tienen. Si deshacemos la metáfora que he usado más arriba, resulta evidente que, cuando supuestamente «dos o más lenguas compiten (…) y los hablantes que “gana” una los “pierde” la otra», en realidad estamos ante un ejercicio de libertad en el que un hablante decide cambiar una lengua por otra porque conviene a sus intereses. La aclaración que hago a continuación debería ser innecesaria, pero en un tema polémico como este no está de más: me refiero a una elección libre en el sentido que damos al concepto «libertad» en las sociedades democráticas actuales, de elección no forzada por una amenaza ilegítima, que no es lo mismo que libre de todo condicionamiento (la economía, sin ir más lejos, es uno de los condicionantes más poderosos en la elección de lengua, y es legítimo).

Todo esto viene a cuento de que he leído una entrevista a Javier Giralt, el director de la mal llamada «Academia aragonesa de la lengua». Digo «mal llamada», porque el título de la institución usa un singular engañoso. Como explican ellos mismos en su web, este organismo se creó por mandato de la Ley 3/2013, de 9 de mayo, de uso, protección y promoción de las lenguas y modalidades lingüísticas propias de Aragón, lo que significa que se creó para proteger no a una, sino a dos lenguas de las habladas en Aragón, el aragonés y el catalán, a las que se denomina «lenguas propias». Sobre la carga política que implica el concepto de «lengua propia» ya se ha escrito mucho; como filólogo me limitaré a destacar que los adjetivos plenos de sentido acostumbran a tener su antónimo, y no sé de nadie que haya definido qué es una «lengua impropia». Quede claro, pues, que el singular de «Academia aragonesa de la lengua» es un singular mentiroso —y a la vez vergonzoso; recuérdese que «la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud» (La Rochefoucauld)—, porque no se ocupa del español o castellano, que es una lengua aragonesa más y, más que una más, la más aragonesa de todas, ya que, si entendemos por aragonés todo aquello que es propio de los aragoneses, cuantos más aragoneses la conozcan y la usen habitualmente (prácticamente el 100 %), digo yo que más aragonesa será.

Todos sabemos lo que implica la creación de esta institución: destinar una partida presupuestaria a filólogos y administradores que estudiarán, preservarán y ayudarán a conservar estas lenguas, que se considera están en peligro. Hasta ahí no hay nada que objetar. (Aunque en realidad sí porque, si deshacemos la metáfora, resulta obvio que ninguna persona —que es el único sujeto de derechos— está en peligro… ¿de qué, de quedar enmudecida? Dejará libremente de usar una lengua y empezará a usar otra, porque creerá que con el cambio sale ganando. ¿Y se lo vamos a impedir?) Sin embargo, la institución también tiene entre sus objetivos la «promoción» del aragonés y el catalán, y ahí yo ya me planto. Si una lengua pudiera crecer sin «robar» poder a la otra, no tendría nada que objetar: todos saldríamos ganando. Pero no es el caso: el terreno que «ganen el aragonés y el catalán» en Aragón será terreno que «pierda el español». Por limpiar el argumento de peligrosas metáforas, quiero decir que, en la medida en que la llamada «Academia Aragonesa de las Lenguas» consiga que se usen más esas dos lenguas en esta comunidad, el español será menos útil en ella, porque habrá actos comunicativos en los que un hablante monolingüe de español se verá excluido, mientras que el aragonés y el catalán serán más útiles.

La objeción a mi objeción es fácil: el español será menos útil para un hablante de español en la medida en que el hablante de español insista en ser un hablante monolingüe de español. La objeción, que es fácil a nivel intelectual, es inane a efectos prácticos. Soy filólogo, y sé lo que cuesta (años de esfuerzo y miles y miles de euros, privados o gestionados vía impuestos) aprender bien una segunda lengua, y también sé —como lo sabemos todos— que esa segunda lengua tiene que ser el inglés. ¿Que algunas personas tiene sitio para una tercera y una cuarta? Claro, yo hablo cinco y leo dos más, pero soy estadísticamente raro.

Si la extensión del uso del aragonés y el catalán que se busca con la acción de esta academia fuera el resultado de lo que siempre se ha llamado «la naturaleza de las cosas» yo no tendría nada que objetar. De hecho ya ocurre que el inglés es cada vez más útil en mi vida, y he dedicado tiempo a aprenderlo y hay ámbitos —como la escritura de artículos científicos— en los que lo prefiero al español. Pero la promoción del aragonés y el catalán no es efecto de la naturaleza de las cosas, sino únicamente el resultado de la presión política de dos minorías, que buscan medrar. Para ser más exactos, de la presión de quienes se erigen en líderes de esas minorías y confían en pillar cacho: el presidente de la Academia Aragonesa de la[s] Lengua[s Aragonesas con Exclusión de la Más Aragonesa de Todas en Atención a su Número de Hablantes] ya lo ha hecho, y no está solo.

Hace muchos años que Macur Olson explicó cuál es la lógica de la acción colectiva organizada. Yo reivindico como ciudadano con derechos políticos mi derecho a tener una «Academia Aragonesa…» dedicada a promover —es decir, aumentar— el uso de las lenguas que yo hablo: el español y el inglés para empezar y, si queda dinero para más, el griego moderno porque me gusta.

Fin. The End. Fin. S’ha acabat. Τέλιοσε. Finis. Ἐτελείωσε.

· Categoría · Comentarios: Ninguno  

No es frecuente pillar equivocándose a la Real Academia Española (por antonomasia, la de la Lengua), así que por lo inusitado —y por el gusto de presumir de listo— me voy a tomar la molestia de dar aquí fe de su error, y de proponerles la enmienda, aún seguro de que no me leerán y menos aún me harán caso. Escriben los académicos en su Ortografía de la lengua Española (2010), sobre el uso de textos con todo mayúsculas:

4.4. PARA FAVORECER LA LEGIBILIDAD
Como ya se ha indicado (v. § 3.2), lo normal a la hora de escribir un texto, sea de la naturaleza que sea, es emplear como letra base la minúscula, aplicando la mayúscula en los casos prescritos por las reglas. No obstante, y al contrario de lo que sucede en textos largos, donde normalmente hacen más fatigosa y lenta la lectura, las mayúsculas favorecen la legibilidad y visibilidad en textos cortos. Eso las convierte en el tipo de letra idóneo en ciertos contextos comunicativos, como inscripciones, carteles, letreros, paneles informativos, títulos, etc. [Negritas mías]

Quienes hemos leído algo de diseño gráfico sabemos que se han hecho muchos estudios de legibilidad, y que todos concluyen que las minúsculas son más legibles que las mayúsculas. Ocurre así porque las minúsculas tienen ascendentes y descendentes que las hacen más fácil y rápidamente reconocibles que las mayúsculas, que se parecen más entre ellas y son, por tanto, menos distinguibles. Pero no recuerdo haber leído nunca que eso sea cierto solo en los textos largos, y menos aún que —como por arte de magia— en los textos cortos la legibilidad de un tipo de letra y otro se invierta. Esto la RAE se lo saca, por decirlo rápido y fino, de la manga.

Es verdad que en los textos largos es más fácil medir científicamente (con un cronómetro en la mano) la diferencia de legibilidad: pongamos que se tarda en leer un texto en minúsculas de 20 líneas algunos segundos menos de lo que se tarda en leer el mismo texto escrito en mayúsculas. La diferencia será tan grande que incluso el lector podrá percibirla subjetivamente, sin usar un cronómetro. Y también es verdad que es difícil medir científicamente la diferencia de legibilidad de un texto muy corto como «PROHIBIDO FUMAR» con respecto al mismo escrito con minúsculas «Prohibido fumar», porque nada más pulsar el cronómetro tendremos que apagarlo; imposible que el lector perciba subjetivamente diferencia alguna. Pero que la diferencia de legibilidad sea más difícil de medir, por ser pequeña, no significa que haya desaparecido. Los niños muy pequeños creen que cuando ellos dejan de ver algo—«Cucú, tras tras»— , ese algo ha dejado de existir, pero ¿la RAE? ¡No me jodas!

¿Y de dónde saca la RAE eso de que la legibilidad, incluso, se invierte en los textos cortos? Es otro caso de pensamiento mágico, o de escribir sin pensar, a tontilocas. La experiencia nos dice que los textos largos se escriben habitualmente con minúsculas y que los textos muy cortos se escriben a menudo con mayúsculas. Vamos, que las mayúsculas son el tipo de letra más habitual «en ciertos contextos comunicativos, como inscripciones, carteles, letreros, paneles informativos, títulos, etc.» Pero que algo sea habitual o una tradición asentada no significa ni mucho menos que sea idóneo, ni siquiera razonable: que se lo pregunten a los fumadores o a quienes practican por tradición ancestral la mutilación genital femenina. La RAE comete aquí un error, también, de niño de teta.

La clave para entender la preferencia por las mayúsculas en los textos cortos está implícita en esa enumeración de «contextos comunicativos». Las inscripciones romanas se escribían en mayúsculas, inicialmente porque era el único tipo de letra que había. Las inscripciones, por su propia naturaleza, eran muy visibles y en su mayoría muy breves («CAVE CANEM») y sirvieron de modelo —un modelo duro— para esos otros contextos comunicativos: carteles, letreros, títulos… y hasta hoy. Sugiero, por todo ello, que la RAE reescriba ese apartado de la Ortografía… en la próxima edición usando más o menos estas palabras:

4.4. POR TRADICIÓN
Como ya se ha indicado (v. § 3.2), lo normal a la hora de escribir un texto, sea de la naturaleza que sea, es emplear como letra base la minúscula, aplicando la mayúscula en los casos prescritos por las reglas. No obstante, en los textos cortos, como la diferencia de legibilidad es inapreciable, a menudo se usan las mayúsculas en ciertos contextos comunicativos herederos de las inscripciones en materiales duros de la antigüedad, que se escribían en mayúsculas: inscripciones, carteles, letreros, paneles informativos, títulos, etc.

De nada.

Añadido 14/6/2022. Como puede parecer que también yo me saco los conejos de la chistera, traigo aquí una prueba de que los ingenieros especialistas en señalética actuales opinan, como yo, que también en textos brevísimos, como los paneles informativos de las carreteras, que se leen en un suspiro, las minúsculas son más legibles. (Ya que nos ponemos, yo juraría que en este panel han usado el tipo Frutiger, de Adrian Frutiger, para mí tal vez el tipo de palo seco más legible que hay y uno de los más elegantes.)

Panel de la Autovía del IV Centenario

Para acabar, aclaro que solo hay una razón por la que un filólogo de a pie como yo puede enmendarle la plana a toda una RAE, con su plétora de filólogos, los mejores del país y la época sin ninguna duda. Porque este de la legibilidad no es realmente un asunto de lingüística, ni filológico, sino de ortotipografía, o de diseño gráfico, o de señalética, cuestiones todas en las que los filólogos que han redactado el apartado § 4.4 de la Ortografía… son unos meros aficionados. Por lo menos a mi lado. ;)

· Categoría · Comentarios: 2  

No sé ya qué buscaba cuando di con este mosaico: algo de barcos antiguos, eso sí. Los datos identificativos que he encontrado junto con la imagen del mosaico de lo más vagos: «Años 1-300 d. C., norte de África», con un par. Se agradece ayuda. El mosaico me gusta porque es bonito, pero lo traigo aquí porque refrenda una opinión que se me ocurrió hace un tiempo. ¿A qué viene la obsesión de los griegos con la desnudez masculina, que tanto los diferencia de nosotros y de los pueblos vecinos contemporáneos?

Mosaico romano con barcos, barcas, pescadores y la costa
Mosaico romano, s. I-III d. C., norte de África.

A falta de conocer la respuesta canónica, que la habrá (algo de dioses o atletas, seguramente), me inventé una. En el mar Mediterráneo, sobre todo en verano, estar desnudo a bordo es una medida de supervivencia y muy cómodo. En un combate naval o un naufragio quien se va al agua con el peso de la ropa encima, o de una coraza y grebas de bronce, es fácil que no lo cuente. En las galeras de distintos órdenes (penteconteros, trirremes y demás), los remeros remaban hacinados, con menos de un metro de espacio entre uno y el siguiente, y sudaban copiosamente, por lo que remar desnudos sería una muy práctico.

En el mosaico todos los que navegan están desnudos, los terrestres textiles y los pescadores de orilla unos desnudos y otros textiles. Como si la desnudez perteneciera al mar, y el mosaico me diera la razón. Así me gusta, por supuesto.

· Categoría · Comentarios: Ninguno  

Hace ya más de un año que acabé de redactar un manuscrito que titulé así: «Los barcos dormidos y sus anclas de guerra. El origen naval de la arquitectura y la escultura griegas». Lo he mandado, en su versión en inglés a dos revistas de arqueología clásica, las más prestigiosas del mundo, y lo han rechazado, como era —para quien tenga dos dedos de frente; no es mi caso— de esperar. Eso me ha dado el privilegio de seguir puliéndole los detalles, como corresponde a una work in progress, y sobre todo de ir añadiéndole mejoras realmente importantes, que son las que ahora, por nuevas, más me ilusionan. Sorprendentemente, no había presentado el manuscrito en este mi blog o escaparate a los amigos. Helo.

Es largo, demasiado para que lo publique ninguna revista, y tal vez breve para enviárselo a una editorial (¿cuál, además, se atrevería a tanto?). En la primera mitad del manuscrito hablo de arquitectura, de los barcos volteados que dieron lugar al templo griego. No resultará, pues, novedoso a los amigos que me han oído pregonar mi locura a lo largo de estos muchos años salvo, tal vez, por los paralelos etnográficos tan divertidos que añado. Tampoco me resulta novedoso a mí, excepto por un añadido de última hora muy valioso. Di hace unos pocos días con esta maqueta de barro del siglo I AC o DC hallada en el cabo Maleas, que tiene una borda que es un trasunto fiel —invertido— del entablamento dórico: la hilera de ventanas de remero que está en el origen de las metopas y triglifos, sobre ella la tenia o cinta, y más arriba la pantalla de madera o viga longitudinal que es el origen del arquitrabe. El modelo no tiene nada que ver, y desmiente, la famosa hipótesis de Vitrubio.

Modelo de barco del cabo Maleas
Modelo de barco del cabo Maleas (Museo de Neápolis). Foto © Barbara J. Euser.

La segunda mitad del manuscrito, en la que propongo también un origen náutico para la escultura griega, es menos sistemática, y a la vez mucho más aventurada. Deduzco de restos iconográficos que se puede retrasar dos milenios el uso de la artillería en las batallas navales, y suponer que existió una artillería simple basada en la fuerza de la gravedad: creo que las anclas se usaron, al menos desde 2600 a. C., como proyectil arrojado desde lo alto a los cascos de las naves enemigas para perforarlos, como un predecesor del espolón primero, y de los proyectiles de balistas y catapultas después. Como gusto de la novedad, me enorgullece haberme atrevido a tanto, y en la argumentación de esta hipótesis propongo además, entre otros, una nueva interpretación de los mascarones de proa del fresco de la Procesión de los barcos de Tera, de la panoplia de Dendra y de este cetro minoico, que en mi opinión es una miniatura de un martillo o hacha (según el lado que se usara) de tamaño mucho mayor con el que se perforaba o cortaba la borda del barco atacado.

Cetro minoico de Malia
Cetro minoico hallado en Malia (Museo de Heraklio).

Propongo también una nueva explicación de la iconografía de Heracles, y una nueva etimología de su ῥόπαλον ‘maza’; para mí este término es una compuesto que significa ‘palo de nenúfar’, y el objeto representado el origen de la columna dórica. En la tercera y última parte del artículo abordo el aspecto que más tiempo me costó entender —de hecho años— del templo griego: la razón de la forma de sus columnas y capiteles. Para mí representan armas y estandartes navales. Esto último llevaba siglos a la vista de todos: el diccionario dice que στῦλος significa tanto ‘columna’ como ‘estandarte naval’, el alargado cetro que lleva el capitán a popa como símbolo de su posición, que se nombraba a menudo en diminutivo: στυλίς ‘columnilla’.

Hace años que entendí el origen de la columna dórica (una maza hipertrofiada) y del capitel corintio (un símbolo de la balista). Lo más difícil fue desentrañar el sentido del capitel jónico, que es un derivado del árbol sagrado asirio. Este complejo símbolo del árbol sagrado o de la vida lleva 150 años retando a los estudiosos del Próximo Oriente. Le he dado una explicación y, al menos para mí, con ella todo encaja.

No sé qué acabará siendo de este texto, si acabará convertido en artículo, en libro, en pdf o en olvido. A mí pensarlo y escribirlo me ha hecho feliz durante mucho tiempo. Me encantaría que leerlo te hiciera pasar unas horas gozosas, y que —aun no siendo cierto— sea merecedor del calificativo siempre honroso de ben trovato. Salud.

Nota bene para curiosos: He maquetado el manuscrito con Overleaf, es decir, con LaTeX, que tenía curiosidad por aprender a usar. A la vez que aprendía sus rudimentos, he llegado a la conclusión de que no lo necesito. Pero, como dejó escrito el baranda, πάντα δὲ δοκιμάζετε· τὸ καλὸν κατέχετε· ‘Probadlo todo, quedaos con lo bueno’ (Pablo de Tarso, Primera carta a los tesalonicenses, 5.21).

· Categoría · Comentarios: Ninguno  

Por mi mala cabeza me he dado a corregir topónimos en Wikipedia en español (WP:ES para los adictos). En mala hora. A cambio la tarea me ha dado ocasión de aprender algunas cosas, más por reflexión propia que por lecturas. Son cuestiones básicas, pero tratándose de toponimia, que —hasta donde yo sé— no se estudia como materia autónoma en ninguna filología, cualquier avance conceptual me supone una sorpresa. Como esta que me he inventado de los topónimos huérfanos. (¿He dicho ya que disfruto horrores aprendiendo poco a poco, a mi ritmo?)

Voy al grano. La Real Academia Española bastante tiene con lo que tiene: el diccionario y la ortografía. Tuvo su Ortografía de la lengua española (edición de 1999) un «Apéndice 3. Topónimos cuya versión tradicional en castellano difiere de la original» que ha desaparecido de las ediciones posteriores. No me extraña. El Atlas toponímico de España (Madrid, 2007), de Jairo Javier García Sánchez —que acabo de leer casi como quien lee un listín telefónico— contiene unos 4000 topónimos. El Diccionario de topónimos españoles y sus gentilicios de Pancracio Celdrán (Madrid, 2002) presume de recoger unos 15 000 topónimos, y no son más que unos pocos: no salen, por poner solo dos ejemplos de diferente importancia, el Alcocebre (1998 habitantes) de Castellón, ni el Viscarret-Guerendiáin (107 habitantes) de la montaña navarra. No puede la RAE meterse en este jardín el jardín de los topónimos españoles, al que tendría que añadir, ya que la suya se pretende ortografía de todo el español y no solo del de España, cientos de miles de topónimos de las zonas bilingües de Hispanoamérica, que son legión. Así que, como lo suyo son los nombres comunes, o sea, el diccionario, más la ortografía, ha eliminado el apéndice toponímico de su manual de ortografía.

Los topónimos son nombres propios geográficos, o sea que son nombres propios, o sea que son nombres, o sea que son tan parte de una lengua como los nombres comunes. Parece una obviedad, pero a veces se olvida: la palabra «Londres» o «Lérida» es tan parte del español como la palabra «ciudad», y merece el equivalente a un diccionario que limpie, fije y dé esplendor a esta parte del idioma. Como patrimonio común que son, compete a los gobiernos regularlos, es decir, recogerlos del habla popular y de los documentos escritos, decidir a qué lugar designan, a qué lengua pertenecen y cómo se escriben, y cuál preferir si compiten dos nombres por nombrar al mismo espacio, bien a lo largo del tiempo o simultáneamente. Una tarea de limpia y fija que los gobiernos responsables encargan a lingüistas (¿a quiénes si no?), que se recoge en nomenclátores que los gobiernos después sancionan, es decir, publican en sus boletines, de forma que los nombres allí recogidos se convierten en nombres oficiales, los obligatorios para el uso de la administración. Y según dice la lógica, serán los mismos que usaremos los ciudadanos de a pie. Pero me he encontrado con una sorpresa: los gobiernos de las zonas bilingües solo han cumplido con su obligación a medias. Y la que se ha liado, me han liado, me estoy liando solo, en la Wikipedia en español.

En las regiones bilingües los nomenclátores solo recogen un nombre para cada lugar, a pesar de que en esas regiones se hablan dos lenguas. Es decir, que en ellas los gobiernos a una le dan servicio, y los topónimos de la otra quedan huérfanos. Me explico. En Cataluña han decidido que serán nombre oficial los topónimos de la lengua catalana. Quien quiera saber cómo se dice Lleida en catalán lo tiene fácil: Lleida. En cambio, quien quiera saber cómo se dice en español (Lérida, claro), no podrá encontrar la respuesta en ningún nomenclátor. Parece una tontería porque ese topónimo es conocido, pero ¿cómo se dice en español Palau-solità i Plegamans? ¿O tiene nombre en español siquiera? En Navarra la cosa va por zonas: en el sur no vascófono, el nombre oficial de Dicastillo es este, el topónimo español, y en el norte vascófono el nombre oficial de Bizkarreta-Gerendiain este, el topónimo vasco. Quien quiera conocer el topónimo en la otra lengua (supuestamente Deikaztelu y Viscarret-Guerendiáin), no los encontrará en el nomenclátor, sino fuera, en enciclopedias en papel o electrónicas, lo que a día de hoy significa básicamente Wikipedia.

No he dicho hasta ahora nada nuevo. La sorpresa mayor me la he llevado al darme cuenta de la incongruencia que supone que, en regiones bilingües, donde la administración asume como un derecho básico la elección del idioma por parte del ciudadano, y que hay dos lenguas oficiales, en cuestión de topónimos aparentemente solo haya una lengua oficial, la que toque. Como el nombre oficial de Lleida es este, en los documentos oficiales en catalán se escribirá «la víctima va morir finalment a Lleida» y si se escribieran documentos oficiales en español deberían decir «la víctima murió finalmente en Lleida». Es decir, que el español que se debe usar en los tratos con la administración —teóricamente al menos— es un español defectivo, capado, desprovisto de una parte de su vocabulario, que son los topónimos o nombres propios geográficos.

Aparentemente el despropósito tiene una justificación de peso. La justificación, por supuesto, es evitar la confusión, la torre de Babel, evitar que unos digan Gasteiz y los otros no sepan que se trata de Vitoria. Parece una justificación racional, que dará lugar a una administración más efectiva, rápida, barata y con menos errores. Pero esa justificación es la misma que impulsó del siglo XVIII en adelante los Decretos de Nueva Planta, una medida que se pretendía también racional y modernizadora, que impuso una lengua única en toda la administración del estado español. Una medida modernizadora que en la España de hoy se ha considerado, sin embargo, intolerable por opresiva. Dice la lógica de nuestro tiempo que, si una región es bilingüe, debe serlo también su administración. Pero ¡ojo!, que la lógica dice también que debe serlo tanto en los nombres comunes de la lengua —lo que entendemos por lengua habitualmente— como en los nombres propios, y que eso requiere crear nomenclátores bilingües, y hacer que el nombre oficial de Lérida sea este en español, y Lleida en catalán.

Como ni los diccionarios oficiales ni los gobiernos se han ocupado de los topónimos huérfanos, el trabajo de limpiarlos y fijarlos queda en manos de las enciclopedias. Y si una enciclopedia encarga la tarea a uno o dos lingüistas que hacen —mal que bien— su trabajo, y este trabajo suyo va a misa, no habrá mucho que discutir. Pero en Wikipedia, donde todo puede someterse a debate… τα κάναμε θαλάσσα que dicen los griegos: «La hemos jodido». Costó mucho alcanzar un consenso en la política de fijación de los topónimos no oficiales de las regiones bilingües, y una vez alcanzado, sigue costando mucho aplicarla.

Hace años me costó dos meses, y discutir con varios usuarios y administradores, llegar a convencer a mis compañeros de la Wikipedia en catalán de que el nombre en esta lengua de la ciudad de Estella (ya que no aceptaban el compuesto Estella-Lizarra) era «Estella» y no un Lizarra que en las fuentes en catalán es minoritario (por supuesto, no fue solo una discusión filológica, había un trasfondo político obvio en la elección del nombre). Por el contrario, después de dos meses de discusión, no conseguí que en Wikipedia en español figurase Badía del Vallés como el topónimo de este municipio; aún figura en catalán, Badia del Vallès, como si sus habitantes, que son una mayoría abrumadora de hablantes de castellano (así llaman allí al español), no tuvieran un nombre en su idioma para referirse a su ciudad; o como si —más ridículo aún— nos resultara a los editores de Wikipedia en español imposible conocerlo.

He empezado este artículo con un «Por mi mala cabeza, me he dado a corregir topónimos en Wikipedia en español». Aquí el monto de las discusiones: Discusión:Viscarret-Guerendiáin, Discusión:Alcocéber, Discusión:Monasterio de Leire, Discusión:Leire y de mi desespero. Una por una tilde, otra por la posición de una erre (lo que lleva acarreado que lleve o no una tilde), y la más reñida por una i griega o latina (por una vez, y sin que sirva de precedente, estoy contra la griega). Tengo que dejarlo, como se deja atrás una adicción.

Añadido 25/5/2022. Leo en elCatalán.es que la asociación Hablamos español ha editado una guía, escrita por José Manuel Pousada y Ernesto Ladrón de Guevara, relacionada con esta cuestión y titulada «Cómo usar correctamente los topónimos en español. Guía para indocumentados y acomplejados». La respuesta a la pregunta formulada en el título, que en el PDF ocupa 25 páginas, se puede condensar en dos palabras: en español. ¿Cómo si no? Vivimos tiempos extraños.

· Categoría · Comentarios: Ninguno  

Para prosa, prosa, la de antes. Lo escribo a sabiendas de que es un efecto embellecedor del paso del tiempo, y robando la expresión a mis alumnos adolescentes que, señalándose el miembro, decían «Para chulo, chulo, mi Pirulo». Investigando la etimología de «galera» en el Tesoro de la lengua castellana o española (Barcelona, 1998), de Sebastián de Covarrubias, me di con este lema, que reproduzco completo por el placer de sentir discurrir la prosa y las ocurrencias con la suavidad con que un balandro deja su estela en el agua:

GALERA. En lengua antigua galea; latine trirremis, género de navío bien conocido, más para correr las costas que para engolfarse en alta mar, aunque lo haze muchas veces y las más de necessidad, por no dar al través. Tiene cosas particulares la galera, que bastan a formar un buen volumen; pero yo solo quiero ponderar lo que importa la diciplina, que la mayor parte de la chusma de los que están al remo, son hombres facinorosos, que cada uno por sí traía alborotado un pueblo, sin poderse averiguar con él, y dozientos déstos están tan domésticos y diciplinados, que a sólo un silvo del cómitre ponen con tan gran presteza por obra lo que les manda, que parecen un pensamiento, sin discrepar uno de otro, como si todos ellos fuessen miembros de una sola persona y se gobernassen por ella. De su etimología ay diversas opiniones. El italiano la llama galea, o porque fué invención de los franceses, gallos, o del nombre latino galea, armadura de la cabeça, que comúnmente llamamos celada, por tener alguna forma della; Roca, en su Biblioteca Vaticana. La mayor parte de vaxeles tomaron nombre de los vasos, y galera se tomó, según Nonio, de galleola, vas sinuosum a galeae similitudine dictum. Cierto autor dize ser nombre armenio, galleri, y de allí le tomaron los franceses e italianos. El padre Guadix dize ser arábigo, de galia, que significa cosa rara y costosa de sustentar. De que lo sean no ay duda, pues se gasta tanto dinero en ellas; también es cara y costosa la galera para el que va aherrojado, remando en ella. Otros dizen ser griego, de γαλεα, galea, mustipula, ratonera, porque metafóricamente van allí presos, como en ratonera, los malhechores, especialmente los ladrones que entravan a comer y estragar la hazienda agena. Finalmente, puede ser nombre hebreo, del nombre גלימ, galim, fluctus aquae viventi concitatae, en el singular haze גל, gal, a גלה, gala , transmigrare, porque anda de una parte a otra; vel captivum duci que también le quadra, por llevar los cautivos y forçados en ella, y גליות, galiot, vale cautividad, de donde se pudo dezir galeote; pero galeote se dixo de calea, el nombre toscano de galera. Galeaza y galeón, tomaron el nombre de la galera, aunque son navíos más fuertes y menos ligeros, pero sufren los golpes del agua, por ser de alto borde.

Por si, bellezas de la prosa aparte, tiene el lector curiosidad por la etimología de «galera», en mi opinión deriva del griego γαλέη ‘comadreja’, y de su hermano el γαλεός ‘pez perro, cazón’, una especie mediterránea de tiburón que puede corresponder al Galeorhinus galeus o al Scyliorhinus stellaris. Como barco de guerra que es, el nombre de «tiburón» le va a la galera que ni pintado.

Pero el mayor hallazgo del Covarrubias sobre este tema es la etimología de «galería», el término arquitectónico, que dice haberse llamado así «por la semejanza del ventanaje a la empavesada de la galera», siendo la empavesada la hilera de escudos que protegía la parte superior de la borda de estos barcos. Arquitectura y barcos, Sebastián, ¡qué acierto! Te cito en mi «Sleeping Ships and Their War Anchors: The Nautical Origin of Greek Architecture and Sculpture», aunque el año de la edición, 1611, quede mazo viejuno en la bibliografía. :S

GALERÍA. El ventanaje de lo alto de las casas principales. Pudiéronse dexir assí por la largura que tienen y por la semejança del ventanaje a la empavesada de la galera. Algunos sugieren que sea hebreo, de גלל, ghalal, ascendere, y de allí galería, por ser en lo más alto de la casa.

· Categoría · Comentarios: Ninguno  

Leo sobre la epidemia de la cancelación («Woody Allen, Polanski y la hoguera de la cancelación: “El borrado lleva a la amnesia colectiva”») y me doy cuenta de que se ceba con las Humanidades y las Artes. Ayer me hice, es un decir, una radiografía. No sé quién descubrió el radio y sus propiedades (que sí lo sé), ni me importa. Me recetan una medicina que descubrió un laboratorio alemán, que ahora mismo —ahora mismo— tampoco me importa si colaboró o no con el nazismo, ni cuántas patentes consiguió con experimentos aberrantes.

Ojo, digo ahora mismo, mientras me hago la radiografía y me tomo la medicina, o cojo un avión o manejo un coche. Porque sí tengo, como tiene la mayoría, sentido moral y deseo de que se haga justicia en el mundo. Pero nadie se plantea boicotear tratamientos, herramientas ni productos diseñados y fabricados con los descubrimientos que hizo un científico de comportamiento personal reprobable (quien abandonó de por vida a un hijo minusválido), criminal (un violador de sus hijos) o incluso genocida (un doctor Mengele).

Pues en las Humanidades y las Artes pasa lo contrario. Da qué pensar. ¿Será que los canceladores no leen, no escuchan música o no disfrutan del arte en la cantidad suficiente como para que sientan que pueden perderse algo cancelando? ¿O que de verdad es tal la inflación de escritores, músicos y artistas que —saben ellos— siempre se encontrará un recambio? Seguramente es lo primero, porque quien lee mucho sabe que cada autor bueno es insustituible, y que lo que está en él no se encuentra en otro sitio. Aunque en otro autor disfrutemos en la misma medida, es un placer con un sabor distinto, y los buenos lectores, melómanos, apasionados del arte, no queremos ni tenemos por qué renunciar a ninguno.

Que el autor, si es el caso, tenga que responder a la justicia como hacemos todos es tan lógico como indiferente para el asunto del gusto del que estamos hablando. Así que ya lo saben, no cancelen, huevones.

· Categoría · Comentarios: Ninguno  

Mejorando la página de Wikipedia sobre Barbarin, un pueblico navarro, he consultado las fuentes que acostumbro: el Diccionario etimológico de los nombres de los pueblos, villas y ciudades de Navarra de Mikel Belasko y las enciclopedias sobre Navarra y sus allegados: la Gran enciclopedia de Navarra y la Enciclopedia vasca Auñamendi. Y de repente ha saltado la liebre: «Esto lo he leído yo en algún sitio», me he dicho.

Dice la GEN en su artículo sobre Barbarin (copia de seguridad aquí y aquí):

«La población, de calles quebradas y discontinuas se divide en dos núcleos diferenciados; el barrio alto, emplazado en la ladera oriental del cerro, está presidido por la iglesia parroquial mientras que el resto del caserío se distribuye por la llanura al otro lado de la carretera de Allo a Urbiola».

Y la Auñamendi en el suyo (copia de seguridad aquí y aquí):

«La población, de calles quebradas y discontinuas, se divide en dos núcleos diferenciados, el barrio alto, emplazado en la ladera del cerro donde se asienta está presidido por la iglesia mientras que el resto del caserío se distribuye por la llanura al otro lado de la carretera».

Pillada, efectivamente. Ahora toca, como con los alumnos, saber si a) GEN copió a Auñamendi, b) Auñamendi copió a GEN, o c) GEN y Auñamendi copiaron a un tercero. Quarta non datur (escribo esto para que se note que, además de inteligente, soy culto y sé latín).

Captura de pantalla de Enciclopedia vasca Auñamendi

Yo diría que no hay pérdida. El artículo de la GEN es muchísimo mejor y más extenso que el de la Auñamendi. En general en ninguna de las dos figura el autor de cada artículo (una costumbre de entonces, cuando se fraguaron ambas, los años 90 y 60 del siglo pasado respectivamente). Sin embargo, la Auñamendi sigue escribiéndose ahora mismo, y los contenidos nuevos sí aparecen firmados. En el artículo de «Barbarin» firman Fernando García Nieto y Ainhoa Arozamena Ayala (mucho autor, digo yo, para tan poco chorizo), de donde deduzco que es un artículo nuevo; y si nuevo, posterior, y si posterior, la copia. Y el de la Gran enciclopedia de Navarra el original, porque no me parece verosímil —aunque sí posible; faltaría más— que ambos hayan copiado a un tercero.

Releo ambos párrafos, el presunto original y la copia presunta, y echo en falta comas en los dos, aunque en lugares diferentes (soy filólogo, què hi farem!). Pero en la presunta copia hay, además, un giro extraño: «el barrio alto, emplazado en la ladera del cerro donde se asienta». ¿Quién se asienta, el barrio? Claro, si está emplazado allí… Sin embargo, la expresión es correcta en el presunto original: «emplazado en la ladera oriental del cerro».

Por abreviar: ¡Qué gracia! Y por ir acabando… Los contenidos de la segunda, la Auñamendi, están protegidos con una leyenda que reza expresamente «Licencia: Copyright». Los de la GEN, como no se dice nada, o yo no lo veo al menos, también lo están, aunque de manera tácita (véase mi Uso de materiales con derechos de autor en educación). Por lo tanto me toca ahora, como a buen ciudadano, aguantarme la risa mientras redacto un educado email a los responsables de ambas enciclopedias, para que hablen entre ellos y me digan a cuál de los dos le tengo que bajar la nota. Ah, y aprovechando la ocasión, animaré desde aquí —ya lo estoy haciendo— a los redactores que siguen ampliando la enciclopedia Auñamendi, a que dejen de crear contenido para una enciclopedia con derechos reservados, y viertan su energía en la más libre, más completa, más viva, más concurrida y mucho más exitosa Wikipedia en español.

Continuará, o no.

Añadido 2/10/2021. Me confirman de la Gran enciclopedia de Navarra que ellos se han limitado a digitalizar la edición en papel de 1990, sin actualizar ni añadir contenido nuevo. Por su parte de la Enciclopedia vasca Auñamendi me comunican que ya han «subsanado» el problema. Y a una pregunta mía contestan que los redactores que siguen ampliando su enciclopedia son voluntarios no remunerados; así que no veo ninguna razón por la que no puedan pasar a colaborar con la más libre, más completa, más viva… WP:ES.

· Categoría · Comentarios: Ninguno  

Pero «Movimiento sísmico» lo llamó su autor, el poeta chileno Óscar Hahn. Dice así:

Movimiento sísmico

Tuve una vez un gran amor
que derribó mi casa
agrietó mis puentes
y me hizo perder el equilibrio
Después vinieron las réplicas:
amoríos de baja intensidad
que ni siquiera
me hicieron temblar
En cuanto al gran amor
ay mísero de mí
todavía respira
debajo de las ruinas

¿Y qué digo yo «Cadena perpetua», matasiete, si llevo toda la vida disfrutando la miel que mana de esa herida?

← Anteriores Posteriores →